josé luis's profileTe arrancaré el corazón,...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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7/3/2006 Capitulo Uno- EL Invitado Sin InvitaciónEs el tercer día tras una semana. La policía no ha llamado desde el miércoles pasado cuando decidió terminar la búsqueda y yo veo las noticias sentada en el sillón, tomándome un té. Llevo una semana y tres días sin dormir, a base té y café, pero a nadie parece importarle. Andrés, tras la desaparición de Anita, parece más feliz que nunca, cuando le anuncié la terrible noticia, se limitó a sonreírme y preguntar “¿Alejandro iba con ella?” Le contesté que sí, y salió corriendo de casa. Pensé que necesitaba estar a solas para asumir su nueva situación. Perder a tu mujer y a tu hijo no puede ser agradable. Sin duda, Andrés estaría llorando en cualquier parque solitario, hablando con las palomas sobre su pena. Pues no, a las cinco de la mañana llamaron a la puerta de mi casa. No me molestó la hora, pues me resultaba imposible dormir y supuse que Andrés volvería en un estado lamentable, así que estaba preparada para consolarlo. Pero no me esperaba lo que vi. Abrí la puerta y allí estaba él, sonriente, feliz y con una mujer bajo el brazo. Me quedé petrificada, de todas las reacciones que pudiera haber esperado, esa ni se me había pasado por la cabeza. No me aparté para dejarlos pasar, no podía. Él me empujó y entró, se tumbó en el sofá y empezó a besar a aquella desconocida. ¡En mi casa! Ya no pude soportarlo más, me eché a llorar descontroladamente. Él me vio, se levantó y me abrazó.
-Vamos, no llores ¿Qué te pasa, Alicia? -¡Anita desaparece y tú…!- no podía hablar, subí las escaleras y me encerré en mi cuarto.
Andrés, Anita, Alejandro y yo vivíamos en la misma casa, me pagaban doscientos euros al mes y con eso bastaba para que yo les proporcionara una habitación. Andrés se dedicaba a vivir la vida, Anita y Alejandro estudiaban, por eso les di mi casa. Anita siempre había sido una amiga estupenda y mientras vivía en mi casa, se ocupaba de comprar, limpiar y esas labores típicas de un ama de casa. Andrés lo más que hacia era llegar borracho y echarse a dormir. Ahora ambos habían desaparecido y Andrés disfrutaba de ello. Lo más tétrico es que yo tendría que soportar a aquel desgraciado el resto de mi vida, con Anita no me importaba aguantarlo, era un favor que yo le concedía, pero ahora que ella ya no estaba y que encima su querido marido había demostrado que no le importaba en lo más mínimo su mujer y su hijo, yo no tenía ninguna intención de verlo día tras día siéndole por completo infiel a Anita y a Alejandro.
Aquella mañana…Alejandro entró en mi habitación, sin llamar. Se sentó a mi lado e intentó consolarme. Yo lloraba y sus caricias no me hacían sentir mejor, lo odiaba. Esperaba una disculpa por su parte, algo que me animara a pensar que Anita, estuviera donde estuviera, sintiera que cuatro años de casados y diez de noviazgo no habían sido en vano.
-Ahora que Anita no está las cosas van a cambiar, querida Alicia. Hay que afrontar la verdad. Ella y Alejandro no volverán. Cálmate, piensa en el futuro.
-¿Cómo puedes hablar así? Sólo llevan tres días desaparecidos.-le dije, enfadada, pero sin apartarme de su lado.
-La policía ha dejado de buscarlos. Ya no hay esperanzas. Sin embargo…tu eres una mujer…no puedes estar sola, con Anita, Alejandro y yo tu tenías una familia, pero nosotros dos solos lo pasaríamos mal, cada poco recordaríamos a la buena de Anita y al cariñoso Alejandro.- Mientras hablaba, se acercaba más a mi rostro, yo no me movía, tenía los ojos nublados y no me percataba demasiado de lo que quería decirme.-Por eso, lo mejor sería que tu y yo fuéramos pareja.
Intentó besarme, en la boca, le pegué un empujón y lo tiré al suelo, me puse de pie y lo miré, furiosa, en aquel instante habría sido capaz de matarlo si hubiera tenido una espada en mis manos.
-¡Tú nunca quisiste a Anita! ¡Y tampoco me querrías a mí! ¡Lárgate! ¡Tú no puedes querer a nadie!
-Alicia…perdona, por favor, perdóname. Lo menos que quiero ahora es perderte a ti también, lo siento, he sido un idiota, tienes razón.
-Yo te perdono, pero de mi casa te largas, y no vuelvas hasta que Anita esté aquí, con Alejandro. Y en caso de que Anita, cuando le cuente cómo te has portado, quiera seguir contigo.
-Pero… ¿Y si no vuelve?- Allí, en el suelo, parecía un pobre acorralado, daba verdadera lástima.
-Procura que vuelva. Y si no…déjame algún tiempo a solas. Necesito superar esto y verte a ti no ayuda en absoluto.
Desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas, ni quiero tenerlas. Contraté a un detective, pero en cuanto descubrió adónde llevaban las huellas de Anita y Alejandro…dejó el caso. He llamado a la policía y me han colgado una y otra vez. Estoy sola.
Nunca se me dieron bien las aventuras, en el colegio siempre fui esa niña que se sentaba a observar cómo los demás niños jugaban, para revelarle al que contaba dónde se escondía el resto. Nunca aprobé gimnasia porque me negaba a correr y saltar. Ahora… o iba yo a salvar a Anita y a Alejandro, o nadie lo haría.
Estaba tan ensimismada, pensando, que no me percaté de que el té ya se había enfriado, llamaban a la puerta, y un gato descansaba en mi regazo, hasta que una voz desconocida habló dentro de casa.
-Señora. ¿Es usted Alicia Álvarez Ávalos?
Me levanté de un salto, se me cayó la taza, que se rompió en el suelo con un tremendo estruendo, el gato gritó al caerle el té encima y salió corriendo por la ventana, sin duda pensando que esta era la casa de una demente. Instintivamente, cogí la tetera y la alcé en pose amenazadora.
La puerta de la casa estaba abierta y yo no recordaba ni haberla abierto ni haberla cerrado, el hombre, situado justo en el umbral, era alto y joven y se lo podría haber calificado de hermoso si no fuera por esa seriedad típica de alguien que conoce demasiado bien cuán cruel es el mundo. Sus ojos grandes, negros y tristes, escrutaron la habitación con intensidad, estudió hasta los rincones menos visibles, sin importarle que una mujer solitaria capaz de olvidarse de cerrar la puerta estuviera amenazándolo con una tetera (lo que no era de extrañar, yo tampoco me habría asustado de mí misma, si yo no hubiera sido yo en ese instante)
Mientras él se limitaba a contemplar mi casa, yo me preguntaba qué demonios tenía que decir uno ante una situación semejante, invitarlo a sentarse o a pasar me parecía fuera de lugar, ya que él era un completo desconocido que había entrado a mi casa sin permiso alguno, pero echarlo tampoco parecía ser lo correcto, ya que al ser un desconocido, no podía saber si traía o no buenas intenciones. Contestar a la pregunta que me había formulado no me resultaba seguro, ya que cabía la posibilidad de que fuera el secuestrador de Anita y Alejandro, aunque también podía ser que fuera un policía para informarme sobre ellos dos… Así que sin saber qué decir, qué hacer o pensar, me limité a quedarme allí plantada, sujetando fuertemente la tetera en alto y vigilándolo con terror.
-Perdone la intromisión, no pretendía asustarla. ¿Es usted la señorita Alicia? -¿Por qué?- Atiné a preguntarle yo, sin cambiar mi posición tensa. -Me han llegado noticias con respecto a la desaparición de dos personas y quería hablar con la señorita Alicia sobre el tema, tengo entendido que es la única que pretende buscar a los desaparecidos- Respondió él, su voz era como el chirriar de los zapatos, desagradable y dolorosa para los oídos, la empleaba además con un tono de indiferencia continuo que me impedía por completo causarme alguna impresión, buena o mala, del visitante. -¿Es usted policía?- pegunté, algo esperanzada. -No, la policía se niega rotundamente a entrar a ese lugar “maldito”- dijo, con cierto retintín en la última palabra- Soy un investigador, necesito probar que en realidad la estación del metro no está ni estuvo maldita. -¿Entrará usted en la estación?- dije, con los ojos iluminados, alegre de librarme de una aventura nada prometedora. -No, lo siento, yo sólo pretendo demostrar desde fuera que en ese lugar no hay nada de misterioso, entrar sería quebrantar muchas normas.- el joven me miró entonces, y una sonrisa se dibujó en su rostro- Puede soltar ya la tetera, señorita Alicia. Prometo no atacarla si usted no me ataca, claro.
Lo miré con seriedad y poco a poco, sin demasiada convicción, bajé la tetera y me senté en el sillón, pero no solté mi improvisada arma en la mesa. Aquel hombre empezaba a no resultarme una amenaza, ya no sentía miedo.
-Usted es un cobarde, señor. Déjese de normas absurdas, si no entra es porque ni siquiera usted se cree su propia teoría.-de repente recordé algo; conocer el nombre del contrincante siempre se consideró una ventaja- Además, como voy a confiar en usted, si ni siquiera sé cómo se llama.
-Mi nombre es Basilio Bueno Blanco y venía a preguntarle si usted entrará en la estación.-dicho esto se acomodó justo al lado mía, sin el más mínimo recato. |
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